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  Intelectuales y violencia política, 1955-1973
Autor: Pablo Ponza
Editorial Babel, 2010
 

 


Desde la modernización de las disciplinas científicas y artísticas en un contexto de reacomodamiento institucional hasta asumir tareas específicas en un proceso que se consideraba revolucionario, los intelectuales argentinos se interrogaron y afirmaron su deber de ocupar determinados espacios en la sociedad. Pablo Ponza, Doctor en Historia por la Universidad de Barcelona e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, propone en este libro concentrarse en ese actor social para intentar echar luz sobre un período de fuertes tensiones y grandes proyectos de la Historia Argentina. El arco de los “sesenta-setenta” al que se refiere, se entiende en esta investigación desde el bombardeo de la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 hasta las elecciones sin proscripción del 11 de marzo de 1973. Es precisamente en esta etapa, caracterizada por una intensa conflictividad social, la proscripción política del partido mayoritario y un marcado autoritarismo, en la que emergieron discursos públicos sobre la cultura y la política que justificaban la lucha armada como método y estrategia de transformación social.
 
2 La introducción, seguida de una cronología sobre los principales hechos políticos, aclara ciertos lineamientos fundamentales de la obra. El intelectual es definido como un agente social con un capital simbólico reconocible, intereses específicos en juego y pretensiones de verdad en la esfera político-cultural a la que pertenece. Según su posicionamiento respecto del discurso hegemónico, Ponza diferencia tres tipos de intelectual: el experto o especialista, el comprometido o crítico y el orgánico. Los primeros creen posible y deseable mantenerse al margen de la política haciendo de su trabajo una técnica aplicable, los segundos consideran que su tarea política es la crítica y la observación independiente de la línea establecida por su partido, mientras que los últimos aceptan subordinarse a los lineamentos instrumentales requeridos por la dirigencia de su partido. Su investigación se concentra más intensamente en el segundo tipo a partir de testimonios orales y prensa de la época, en particular revistas político-culturales. Evidentemente, en este contexto se conjugaron diversos elementos para que se alcanzara una concepción positiva de la lucha armada. El autor los reagrupa como tres factores primordiales: las condiciones nacionales –principalmente el incremento de capitales multinacionales en el país que provocó el fortalecimiento de un discurso nacionalista-, aquellas internacionales -el contexto de Guerra Fría, las múltiples guerras de liberación nacional y la Revolución Cubana, que alimentaron el pensamiento tercermundista, liberacionista y el espíritu revolucionario- y las ideológicas-intelectuales. Con respecto a éstas últimas, profundizadas en el transcurso de la obra, se resalta sobre todo la combinación del nacionalismo con las reflexiones postconciliares, el pensamiento existencialista de Sartre, el marxista humanista de Gramsci y el psicoanalítico de Freud, entre las influencias preponderantes. Lo cierto es que el fenómeno de politización de los ámbitos culturales, con una “omnipresencia” del marxismo, tiene su contracara en una culturización de los espacios y prácticas políticas. Asimismo, otra característica sobresaliente del período es la fuerte sensación de disconformidad acompañada de optimismo, así como de un complejo proceso de modernización de los códigos culturales, estéticos, sexuales, psicológicos, morales y de consumo. La hipótesis que sostiene la obra es que la práctica autoritaria, violenta e ilegítima habría determinado ciertas pautas de acción en las organizaciones sociales y populares de la época, desacreditando el diálogo, la democracia y las instituciones representativas en tanto instancias efectivas para resolver conflictos o conseguir reivindicaciones.
 
3Seis capítulos constituyen el libro sin un criterio unificado de organización: algunos abordan subperíodos históricos y otros aspectos particulares de la problemática. Una especificidad poco recurrente de su estructura es que cada uno de ellos se encuentra antecedido de un resumen de sus objetivos y de una breve descripción de la forma de abordaje elegida, guiando al lector desprevenido. El capítulo inaugural analiza el lugar de los “expertos” y los intelectuales en el postperonismo (1955-1958), para lo cual caracteriza la formación de aquellos que se integraron a la Universidad en esos años. Enfocando concretamente en la creación de las carreras de Economía y Sociología, se ahonda en la ambición tecnicista que la acompañaba. Asimismo, el autor da cuenta de las corrientes críticas al pensamiento influido por Norteamérica, apoyadas en el marxismo y el existencialismo. La articulación ideológica entre marxismo y peronismo es también revisada, así como la resultante “izquierda nacional”, su ideal de acción política y sus lecturas dentro de la juventud universitaria de la época. No se deja de lado tampoco las polémicas en torno a los interrogantes centrales del momento: cómo superar el subdesarrollo, qué rol debían asumir los intelectuales en este proceso y qué hacer con las masas peronistas movilizadas y proscriptas.
 
4El segundo capítulo, más acontecimental que el anterior, se encuentra dedicado al primer gobierno civil bajo la proscripción del peronismo (1958-1962). En primer lugar se describe la llegada de Arturo Frondizi a la presidencia y la “traición” que implicó hacia su electorado la promulgación de las leyes de petróleo, de universidades y el plan CONINTES. Luego se analiza el acecho de las Fuerzas Armadas al sistema político, las doctrinas de Seguridad Nacional y de Fronteras ideológicas que apuntaban a salvaguardar un proyecto determinado de país. En contraposición, la tercera sección aborda la crisis y renovación teórica de la izquierda entre 1959 y 1966. Allí se demuestra la manera a la que la revolución y el ideal socialista se convirtieron en un horizonte deseado por los núcleos intelectuales de la época. Justificada por ejemplos de violencia política en otros puntos del planeta, la lucha armada pasó a ser considerada cada vez más fuertemente como una vía legítima y eficaz para la consecución de objetivos políticos.
 
5A continuación, el cuarto capítulo se encarga de pasar revista del segundo gobierno civil bajo proscripción (1962-1966), aquel de Arturo Illia. Asimismo, se plantea la reacción a partir del golpe de 1966, así como la cruzada moral y cristiana que desde allí se impulsó, en particular en lo referido a la intervención de la Universidad. El quinto capítulo, en cambio, se aboca a un actor preciso: los católicos postconciliares. Tras describir las nuevas reflexiones teológicas, pastorales y litúrgicas que tuvieron lugar desde el Concilio Vaticano II, se profundiza en el diálogo que se estableció entre católicos y marxistas, sus pensadores más destacados y las polémicas dentro del círculo de intelectuales críticos. Por último, el sexto apartado hace hincapié en las revueltas populares y la lucha por el control del Estado, el clima de contestación, insurrección y movilización social contra las medidas represivas. Allí se destaca la creciente presencia de las organizaciones político-militares que intentaban desestabilizar el régimen e interpretaban las protestas como síntomas prerrevolucionarios. Su posicionamiento, procedimientos y sostén ideológico son explorados abundantemente, completando el panorama intelectual del momento.
 
6Debe señalarse que durante el desarrollo del trabajo ciertas aventuras editoriales son analizadas en mayor profundidad, como la revista Contorno y la pionera Cristianismo y Revolución. A partir de ésta última el autor se concentra en las ideas, concepciones y justificaciones de la violencia justa y el enaltecimiento de la acción y del sacrificio individual como forma de transcendencia en un proyecto político colectivo. Dicha publicación es considerada espacio privilegiado para la formación de redes que fueron cruciales en la ulterior formación de Montoneros. En este punto, la documentación escrita es complementada con fuentes orales, puesto que una docena de entrevistas aportaron a la obra información relevante para complejizar el horizonte estudiado. La convergencia del nacionalismo popular, el marxismo humanista y el cristianismo postconciliar evidente en su discurso es explorada en el libro de Ponza en diversos momentos pues resultaron los lenguajes políticos con mayor impacto en el aparato conceptual y argumental de los intelectuales de la época.
 
7De manera que esta obra nos conduce desde el proceso de modernización cultural que se instaló con la “Revolución Libertadora” a la paulatina cancelación de los canales institucionales para la resolución de conflictos y al surgimiento de un movimiento crítico al orden establecido. En ello, articulando la historia de las ideas con un relato detallado del proceso histórico, Pablo Ponza culmina su obra evaluando los resultados de estos episodios y el fin de las organizaciones armadas. Así concluye que la derrota de las vanguardias armadas significó también la derrota de una concepción política común a toda la izquierda. En suma, el gran mérito de esta obra es el lograr hilvanar con mirada crítica estos dos mundos que suelen estudiarse separados pero que, como hemos visto, se encontraban entonces tan íntimamente imbricados: el de las ideas y el de la política.

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